domingo, 17 de junio de 2018

El reconocimiento de la diversidad, el verdadero problema para alcanzar la paz

Viví mi infancia en una burbuja con una madre y un padre que me cuidaban por igual, ambos cocinaban, trabajaban y me escuchaban. Mi padre hombre expecional me enseñaba a hacer arepas y confeccionarle ropa a mis muñecas con mi ropa vieja. Mi madre mujer maravillosa me inclucaba la importancia del respeto a mí misma y el sano egoismo. Fui feliz. Habité un mundo diverso lleno de seres humanos igualmente diversos, con una familia blanca y costeña y otra familia negra y del valle, con mi primo más cercano de origen japonés y un hermano autista, la diversidad fue constante en mi vida de niña solo tiempo después entendí que esta diversidad natural para mí, no era aprecida o siquiera entendida en mi entorno inmediato.

Como tantas cosas lo que me abrió los ojos fue un viaje, así teniendo 14 años y viajando "sola" en una grupo de quinceañeras conozco a un chico gringo, después de bailar
me pregunta si yo "soy negra" o "blanca", yo en mi mal inglés de siempre contesto que ambas, él me mira atónito y cortesmente se despide. 

Descubrí a Colombia, como un país bautizado por la inequidad y la injusticia males tan antiguos como la mal llamada conquista de América, pero zasonados con algo particularmente colombiano la capacidad inagotable del espejismo, el espejismo de la "otredad" donde ese otro se torna incómodo en el mejor de los casos. Descubrí la antipatía por reconocer la diferencia y el gusto tan colombiano por el señalamiento. Todo  

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